Sociedades Complejas, Psicología, Bienestar

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Por Sofía García Belmonte | Argentina

Es sabido que cuando el niño es pequeño necesita de sus padres para satisfacer sus necesidades.

El llanto es una de las formas de comunicación que posee para captar la atención y transmitir su malestar. Si los padres responden modificando el entorno para calmar su insatisfacción, el infante aprenderá que ese es un recurso útil  y se valdrá de él cada vez que sea necesario.

Sin embargo, suele suceder que los padres, en conflicto acerca de cómo proceder, decidan no satisfacer enseguida el deseo del niño para no malcriarlo, y sólo cedan a sus demandas en la medida en que se muestre más sufriente y llore más fuerte ya que esta situación les genera profundo malestar y culpa.

Esta secuencia, genera en el niño el convencimiento de que entonces cuanto más muestre que sufre más logrará obtener lo deseado. Se consolida de esta manera una técnica que participa de la formación del carácter del niño y que persiste a lo largo de la vida.

La ilusión de unos padres poderosos que si quieren pueden otorgar lo que uno desea, se desplaza luego a otros personajes de la vida del niño y también del adulto. Para evitar el dolor de la frustración y de las ilusiones que no se realizan, el sujeto se dedica a mostrar su sufrimiento con el fin de “ablandar” al destino, como lo hizo antes con sus padres. La letra del reconocido tango “Cambalache” ilustra bien lo que venimos describiendo cuando nos dice “el que no llora, no mama”.

Hasta aquí, explicadas así las cosas, podríamos pensar que el sufrimiento que muestra el sujeto no es real, es puro  teatro. Nos interesa señalar que a pesar de esta impresión que nos genera la descripción que venimos haciendo,  el sujeto que extorsiona a través del sufrimiento puede llegar a enfermarse gravemente y en casos extremos también llegar a suicidarse.  Si bien la palabra extorsión significa “obtención por la fuerza o con intimidación de una cosa de alguien”, no olvidemos que esta forma de extorsionar termina arruinando principalmente la vida del que extorsiona.

Nos parece importante destacar dos hechos que se desprenden como consecuencia de este mecanismo.

El primero es que cuando por medio del sufrimiento uno obtiene lo que desea, en el fondo no está convencido de que merece lo recibido debido a que no lo ha conseguido de manera “honesta”, poniendo en uso las verdaderas capacidades que requiere la situación. Esto genera, como consecuencia, más culpa en el sujeto.

En segundo lugar, en la medida en que el sufrimiento se perpetúa para obtener beneficios, el sujeto no logra desarrollar la capacidad de adaptarse a las circunstancias y vivir con lo que la vida puede ofrecerle, lo que conlleva un escaso desarrollo de las capacidades y la imposibilidad de resignar lo que no se puede.

El sujeto que extorsiona de esta manera, enceguecido por un deseo que tiene entre ceja y ceja, descuida en el fondo cuáles son sus verdaderas necesidades, ocurriendo finalmente que, a pesar de haber obtenido lo deseado, la insatisfacción permanezca inmodificable.

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