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Por Pía M. Roldán Viesti

Hoy en día escuchamos hablar todo el tiempo de diagnósticos y de trastornos mentales, hasta penetrar a tal punto en el discurso colectivo, que ya no es extraño ni ajeno al lenguaje cotidiano. Pero ¿Qué son todas estas patologías o trastornos? ¿Son enfermedades? ¿Tienen cura? ¿Se heredan? Todas estas preguntas, también están presentes.

Lo cierto es que para el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) -el cual ya se encuentra trabajando su sexta edición-,  los signos y síntomas son lo valedero para diagnosticar, valiéndose de lo visible, lo fenoménico, lo observable, palpable, concreto, etc.

Podríamos pensar este manual como la “biblia” de la psiquiatría, en la cual se encuentran capítulos, títulos y subtítulos dedicados a cada uno de los trastornos, y donde se define taxativamente, todo aquello que debe observarse en un paciente para considerar que presenta determinada patología.

En este sentido, encontramos diferentes capítulos para el Trastorno Esquizofrénico, el Trastorno Límite de Personalidad (Borderline), la Bipolaridad tipo I, II, III, IV, etc., y los Trastornos Psicóticos.

Ahora bien, es bueno dejar en claro que se trata de “trastornos”, diferenciando este término de las “enfermedades”, en tanto en estas últimas se conoce la causa o el sustrato orgánico subyacente, mientras que en los trastornos sólo conocemos un mosaico de síntomas y signos que suelen presentarse “todos juntos” dando lugar a los cuadros patológicos.

Lo que estoy queriendo comentar, es que son conocidas las formas en que se manifiestan las patologías, pero es un misterio aún la causa.

Lo novedoso para el lector, es que el psicoanálisis ha encontrado las causas de todas estas patologías, corriendo la mala suerte de no poder contar con la validación científica necesaria para afirmar sus dichos.  Básicamente, nos atrevemos a decir que padecer esquizofrenia, ser bipolar y ser psicótico es exactamente lo mismo, en esencia, variando –como mucho- la forma de manifestarse.

De la misma manera que una intoxicación puede presentarse como vómitos, fiebre, diarrea o mareos, la estructura psicótica puede presentarse como esquizofrenia, bipolaridad, y hasta ser llamada trastorno de personalidad, por el solo hecho de manifestarse en esta última más que en otras áreas.

Adhiriendo a la teoría de Jacques Lacan, la psicosis es una estructura. Y cuando hablamos de estructura nos referimos a algo inmodificable, a algo que constituye “el armazón” del aparato psíquico. Este aparato psíquico podría ser definido como “más débil” en cuanto a que es más sensible a reaccionar ante situaciones angustiantes o vivencias dolorosas.

Hace unos meses, en el cumpleaños número 152 del Hospital José T. Borda, un expositor mencionó una metáfora, traída por un paciente, que rezaba –aproximadamente- lo siguiente, y que me parece apropiada para explicar el punto: “los pacientes somos como este florero, frágiles, cualquier cosa puede romper este florero, pero aun así, si lo cuidamos no se rompe”.

Me pareció excelente, y es exactamente lo que estoy tratando de explicar.

La estructura psicótica, a diferencia de la neurótica, es una estructura frágil que si no la detectamos a tiempo y no sabemos reconocerla, nos impide cuidar de ella para mantenerla estable.

 

Hoy hablamos de “brotes” y “descompensaciones”. Estos brotes son producto de una estructura psicótica no detectada –muchas veces por los mismos profesionales- y mal-tratada, por la familia, por la sociedad, por el entorno. Lo problemático es que una vez desencadenada la primer “rajadura” de ese florero, desencadena también una enfermedad, progresiva, que evoluciona, en el mejor de los casos, sin llegar a la demencia.

Las estructuras psicóticas conservan una dinámica psíquica caracterizada por áreas que se encuentran visiblemente afectadas: el área de los afectos, el área de la voluntad, el área social, no siendo así el área cognitiva.

Se trata de personas que suelen atravesar por historias familiares disfuncionales, con dificultad para mantener relaciones personales y laborales estables, reacciones exageradas o fuera de lo común frente al consumo de sustancias como alcohol y drogas, así como inconvenientes en la sexualidad.

Todos estos “síntomas” suelen ser leídos por la sociedad como “formas de ser”. ¿Personas que cambian su estética constantemente? ¿Personas que no conservan amistades y que tienen facilidad para hacer y deshacer vínculos sin angustia o con angustia desmedida? ¿Personas que no encuentran un lugar donde sentirse parte? ¿Falta de interés y proyectos a futuro? ¿Sueños y metas inalcanzables? ¿Necesidad imperiosa de irse de un lado a otro creyendo siempre que están en el lugar equivocado? ¿Celos excesivos?

Hay que ser prudente y observar indicadores que podrían ser más que una forma de ser. Podríamos llamarlo también estructura psicótica, y respetarla. No se trata de “rasgos de carácter”, de tener un amigo “que es un personaje”, se trata de otra cosa…

Lo importante es comprender que una vez llegado el momento del brote, las alucinaciones, y toda aquella sintomatología que nos haría recurrir a una guardia, es tarde.

Una estructura psicótica es detectable cuando todavía no ocurrieron esos episodios que marcan el comienzo de una enfermedad, y es fundamental reconocerla para actuar de manera preventiva.

Se trata de una estructura psíquica más, y es tarea de todos aprender a leerla, detectarla, y cuidar a quienes pueden evitar padecerla.

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