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Por Flavio Crescenzi | Argentina

Una alumna universitaria, a quien recientemente estuve asesorando en su tesis, me advirtió sobre un posible caso de machismo en el diccionario. El ejemplo que propuso fue extraído del DRAE, diccionario que sigue, como es de esperar, un orden alfabético, pero que no obstante, en los nombres de profesiones registra en primer lugar la variante masculina y en segundo lugar, abreviada, la femenina (véase: abogado, da).

Mi alumna, con cierta indignación, expuso en seguida que, si en verdad la DRAE quería respetar el orden alfabético, lógicamente, el registro debería darle prioridad a la variante femenina (entiéndase: abogada, do).

De inmediato me preguntó si la alteración del orden se debía a que el oficio se asociaba más a un sexo que a otro. Le respondí que no, ya que hay muchas abogadas, pero que de todas maneras no me parecía que consideraciones de este tipo influyeran demasiado; ahí tenemos la palabra partera, que alude a un oficio tradicionalmente femenino, pero que la encontramos en el diccionario precedida por la variante masculina (véase: partero, ra).

El problema, en definitiva, es un poco más complejo. Palabras como abogado admiten diferentes terminaciones que expresan variantes de género y número: abogado, abogada, abogados, abogadas. En el diccionario, se toma una forma como representante de todas las demás. Esto es lo que se denomina forma canónica. En nuestra tradición lexicográfica, para los nombres es el masculino singular; para los verbos, el infinitivo.

Con esto quizás haya quedado claro por qué el orden es abogado, da y no al revés. Pero ¿queda resuelta la duda de si el diccionario es machista? En realidad, no. Quizás porque sí lo sea.

Tradicionalmente, el diccionario ha reflejado la cosmovisión y la ideología asumidas por una sociedad, incluyendo desde luego sus prejuicios. Algo común entre las culturas hispánicas es la infravaloración y degradación de la mujer. En nuestro idioma, esto puede constatarse, sin ir más lejos, en el genérico gramatical masculino, género no marcado o no excluyente (la expresión “no marcado” es el término de una oposición binaria que puede abarcarla en su conjunto, lo que hace innecesario mencionar el término marcado).

Ante esta realidad, desde hace tiempo se vienen publicado varios manuales que, dentro del marco teórico sostenido por el activismo feminista, proponen estrategias dirigidas a las instituciones, con el claro propósito de desarrollar una política lingüística de inclusión. La RAE, entidad formada en su mayoría por hombres, viene rechazando consuetudinariamente este tipo de sugerencias por considerarlas “poco prácticas”.

Con todo, conviene no olvidar que a la lengua la crean los hablantes y que, por consiguiente, puede ser modificada para bien. Esto es al menos lo que le dije a mi alumna, quien se despidió no muy convencida, llevando su María Moliner bien aferrado bajo el brazo, como si de una extraña biblia se tratara.

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