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Por Pía Roldán Viesti | Argentina

¿Qué es el enamoramiento? ¿Por qué todo enamoramiento implica un sentimiento de pérdida de nuestra independencia y nuestra subjetividad?

Freud nos ha dado un pantallazo interesante en relación a la dinámica del enamoramiento en relación al empobrecimiento del “sí mismo”.

Empecemos por lo que podría parecernos muy extraño: A diferencia de lo que comúnmente creemos, el enamoramiento no es más que la forma que toma un deseo de índole exclusivamente sexual hacia alguna persona. ¿A qué me refiero? A que la finalidad que perseguimos cuando nos sentimos atraídos hacia esa persona que nos hace latir el corazón fuerte cuando la vemos, o ante quien nos tiembla la voz al hablar, o que nos hace fijarnos cada tres minutos sin está “conectada” o nos “clavó el visto” angustiándonos y haciéndonos conjeturar hipótesis más o menos positivas según nuestro estado anímico, es -sin más vueltas- ganas de concretar un encuentro sexual.

Lógicamente que el trabajo del inconsciente no nos permite vivenciarlo de esta forma, pero lo que subyace no es más que sexualidad. Velamos este deseo con el sentimiento de enamoramiento porque nos sería inconciliable -en relación con nuestros preceptos morales- aceptar que todo el interés que sentimos por la otra persona, es pura y exclusivamente de descarga sexual.

Es así como esa máquina –a veces tan extraña- que es nuestro psiquismo, transforma ese deseo en enamoramiento (pensar en el otro, querer agasajarlo, tener gestos de cariño, decirle en palabras que lo amamos), dando lugar a formas de “descarga” que encubren la verdadera esencia de nuestro interés. Las transformamos en metas socialmente aceptables y factibles de manifestar en todo ámbito.

Ahora bien, ¿Por qué el aparato psíquico se “defiende” de estos deseos sexuales y los transforma en otra cosa? Porque de no ser así, una vez satisfecho el deseo sexual se extinguiría nuestro interés por el otro, siendo imposible sostener una relación duradera; y como bien sabemos, el ser humano es un ser social y que tiene una constante necesidad de otros. La certidumbre de que la necesidad de la relación sexual sobrevendrá otra vez, nos orienta a la búsqueda de algo más que se sobreañada al deseo sexual: es así como logramos mantener relaciones afectivas estables y supuestamente monógamas.

Amamos así a nuestra pareja, aun cuando el apetito sexual –aparentemente- no está presente. Pero ¿Cómo llegamos a esta construcción psíquica?

En una primera fase (cuando niños) hemos encontrado nuestro primer objeto de amor (madre y/o padre indistintamente) y tuvimos que renunciar a los deseos sexuales hacia ellos aprendiendo así que – la forma de garantizar la permanencia del otro- es amando tiernamente (única forma de amor permitida por los padres). Este sería el modelo sobre el que se van a basar nuestras relaciones posteriores. De ahí la importancia de nuestra infancia a la hora de vincularnos con nuestra pareja.

Por ejemplo, si hemos tenido grandes deseos sexuales hacia nuestros padres -que luego tuvimos que reprimir al atravesar el Complejo de Edipo- el monto de represión utilizado para contrarrestarlos debe haber sido muy elevado, motivo por el cual el resultado será una personalidad muy reprimida en cuanto a lo sexual y –consecuentemente- muy amorosa, tierna y demostrativa.
Con la pubertad, se revive el Complejo de Edipo pero aparecen pequeñas diferencias:

El hombre, a quien se enseña que debe ser fuerte y menos sentimental, se le genera un conflicto cuando debe mudar sus deseos sexuales a ternura. No debe ser sexual pero tampoco puede ser tierno. Desemboca así en algo que vemos muy a menudo: hombres embelezados por mujeres que no estimulan su costado tierno y no forman relaciones duraderas con ellas (forma de “salvarse” de ser amados y amar) y que sí lo hacen con las mujeres a quienes no aman, a quienes menosprecian o hasta desprecian (forma de evitar tener que dar rienda suelta a su deseo sexual, por no ser mujeres que se lo despiertan).

Las mujeres –generalmente- son muchísimo más “sexuales” que los hombres en su temprana infancia dado que se les permite –por costumbres sociales- ser afectuosas; esto genera que tengan que contrarrestar esas pulsiones sexuales con grandes montos de represión. Como resultado las mujeres tienden mayormente a buscar amar y ser amadas que a satisfacer sus deseos sexuales.
Lo que sucede es que el hombre parece tener menos capacidad de integrar sexo y amor. Cuanto mayor es el enamoramiento, menos sexualidad emerge y viceversa. Es un verdadero conflicto psíquico masculino.

Pero independientemente de las diferencias, todos coincidimos en algo: Cuando nos enamoramos hay –en realidad- una sobreestimación sexual. De pronto nuestra pareja no es criticada, vemos cualidades inexistentes, o descubrimos cualidades que antes no veíamos.
Se produce un espejismo: creemos que amamos sexualmente a alguien porque tiene otras virtudes que nos hacen enamorar. En realidad nos enamoramos y vemos cualidades que no existen para poder justificar nuestro deseo sexual encubierto.

Esto es lo que se llama “idealización”, que implica que el otro pasa a ser tratado como nuestro Yo, y decanta muchas veces en enamoramientos de aquellas personas que creemos que son lo que nosotros no podemos ser, tratándose de una elección narcisista. Nos amamos a través del otro.

¿Pero qué pasa cuando nuestra pareja llega a poseer todo el amor que tenemos (inclusive el amor a nosotros mismos)? Nos quedamos “sin yo”, sin narcisismo, sin “dignidad”; se erigen comportamientos humillantes, dejamos de querernos, de arreglarnos, de querer gustar a los otros, nos convertimos en lo que creemos que tenemos que ser para garantizarnos el amor del otro… Nuestra vida ENTERA se concentra en la pareja. Esta es la patología del amor, algo tan habitual y de lo que tan pocas personas han estado exentas.

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