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Por Lionel Fabio | Argentina

En la ciencia y en la emoción

El individuo contemporáneo posee un limitada capacidad para comprender un experiencia ajena. Sin apelar al acercamiento emocional, el razonamiento del hombre alcanza minúsculos aspectos sobre la experiencia de otro individuo. Es decir, el sujeto comprende siempre en relación con la afinidad emocional que establece con el otro sujeto.Es condición necesaria para el entendimiento, alcanzar cierta vinculación que permita visualizar el contenido emocional de una experiencia ajena.

La razón es un intento a posteriori por determinar una experiencia, mientras que la emoción es el reflejo sensorial de esa experiencia determinada a priori. Por lo tanto, en esta dinámica que compone al individuo, el contenido emocional representa gran parte del fundamento existencial del hombre. No se puede comprender su comportamiento sin aproximarse emocionalmente a él.

Reducir el comportamiento de otro individuo  a una interpretación estrictamente racional, es como transformar el significado de hombre en un concepto vació.

La ciencia intenta trabajar con el hombre transformándolo en una cosa y para ello se propone despojarlo de su humanidad. Cualquier análisis que se desprenda de ello será tan efímero como inacabado, ya que no se conoce la materia por su figura. La emoción puede ser impredecible, motivo por el cual se pretende ignorarla, sin embargo, es la expresión mas incipiente del deseo humano.

Esta creciente limitación es consecuencia de una cosificación que el hombres hace de si y de todo producto humano.  La racionalización excesiva ha cercenado una inteligencia emocional inherente al hombre sustituyéndola por mecanismos de lógica estricta que apelan mas  a sujetos ideales que a organismos reales.

Así, el hombre no puede conocer ni reconocerse. Apelando a una existencia atravesada por conceptos: vacila entre antiguos y nuevos términos, y reestructura su conformación ideológica, sin poder modificar su limitada experiencia. No conoce al otro más allá de lo que piensa de él, manteniendo una distancia cuidadosamente establecida para sostener tal pensamiento.

El hombre de ciencia ha optado por el camino de la razón, diferenciándose de su antepasado que, como hombre de fe, fue guiado por el camino de la emoción. Transitando el sendero de la ciencia se han parido ideologías mientras que, con la fe, se han parido religiones.

Ver en la historia de la civilización, la expresión de esta elección fundamental demuestra que cada hombre es consecuencia del contexto en el que vive y que, la confianza que tiene la sociedad contemporánea en  la razón, puede ser tan coyuntural como aquella que tuvo su antepasado en la fe. La mente es hoy para la ciencia, lo que el corazón fue para la metafísica o la religión.

Pero el ser humano no es ni razón ni emoción. Estas son solo medios para conocer o comprender; son dos momentos complementarios en el desarrollo de la especie. Por lo tanto, el uso consciente y consecuente de estos dos movimientos son igualmente necesarios para alcanzar un desenvolvimiento adecuado. La dialéctica entre razón y emoción esta destinada a construir un individuo integro y una sociedad saludable. Para ello, el individuo deberá cultivar sus capacidades intelectuales sin abandonar el ejercicio de sus disposiciones emocionales  y el desarrollo de su sensibilidad.

El hombre necesita superar el miedo a la emoción, vencer el temor a una aproximación afectiva, para intentar conocer previamente a través de la emoción y a partir de allí, construir razonamientos representativos de esa experiencia única, donde se exprese una verdad mas acorde a la amplitud y variedad de la existencia humana.

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