Sociedad, Gente, Reflexión,

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Por Lionel Fabio | Argentina

Enraizada por una alianza hereditaria con el hombre, la moral se ha encargado de sostener los cimientos del orden, arrogándose capaz de discernir, dentro de la opacidad de la experiencia, aquello suyo y el todo ajeno.

Los herederos de esta percepción determinada, ven en su incapacidad de renovarse, una carga. En dichos tratados de conciencia, la posibilidad de redirigir la voluntad. Algunos sospechan de la llamada “verdad”, que tantas veces han sabido descifrar, sobrevaluada.

Hay algo en la relación existencial del hombre con la verdad, algo que la transforma. Una instancia que elimina su carácter incorruptible, indomable e inalterable. El hombre alcanza la verdad únicamente a través de la percepción, y es este ultimo, el elemento alterable del trinomio. Sin el hombre, no hay percepción y sin poder percibirla, la verdad no existe como tal.

Victima de la incertidumbre o del anhelo de poder, la percepción se convirtió en el campo de batalla de todo aquellos que ofrecen un destilado de verdad. La segregación de los hombres broto en este suelo. En nombre de su bandera, los iguales fueron extraños.

Sin embargo, aquella verdad que se pregona, que se detenta como un privilegio particular, nace de una significación provocada. Transmitir o imponer una verdad depende de una instancia anterior: la palabra. Traducir en palabras el contenido de la existencia es el fundamento del hombre social. Sin esa traducción, la verdad estaría desnuda, sin forma.

La sociedad creció, la palabra se complejizo y esa percepción etérea de la realidad fue desapareciendo. Lo que en un principio hubo que significar se volvió insignificante. Esa espontanea experiencia dejo de ser una fuente cognitiva extraviándose desorientada en la dinámica de las palabras.

Los hombres receptores del conocimiento, desconocen, administran conocimientos heredados. De perspectivas dominantes, de determinismos incuestionables. Exento de motivos, los hombres desestiman todo aquello que no pueden significar o clasificar. Todo aquello que no fuera alcanzado por el lenguaje permanecerá oculto en la conciencia. Aquello que no fuera comunicable, ignorado.

Aun bajo el monopolio de una verdad vencedora, condenados a vivir de lo establecido, de lo legitimado, existe en la selección minuciosa de las acciones sociales, una diversidad que pretende suprimir los limites prefijados. Decodificando un mensaje entramado profundamente, en aquel instante en el que percibimos lo desconocido en una emoción, la posibilidad del hombre de hacerse con su libertad resuena. En el momento anterior a la racionalizacion de sus emociones, en el latido espontaneo de su corazón, el hombre se encuentra nuevamente, cara a cara, con la existencia desnuda, carente de contenido ideológico condicionante.

El acceso universal a la diversidad cultural, menos restrictiva, funda la sensación de elección libre. La tendencia cosmopolita y multicultural del ser social convergente, propone al individuo como un nexo entre diversos mundos. En él coinciden experiencias foráneas, de otro espacio y otro tiempo. Elementos de oriente y occidente se fusionan, las fronteras desaparecen. Allí sumerge su libertad el hombre contemporáneo.

En su carácter, posee una forma de entender el mundo, de ser el mundo. Es en si mismo una expresión de aquel. Se ha vuelto un sentido, una dirección, una obra en proceso, una postura, una visión.

La existencia inacabada, incompleta, convoca en cada individuo un sentido que precisa realizarse. Cada hombre es llamado por la civilización para influenciarla con su experiencia, para alcanzar un punto de vista previamente inexistente.

Sin la participación existencial de cada hombre, la sociedad no seria como es. Cada vértice que posee fue un regalo de los hombres que lo han creado. Dentro de cada uno de ellos, el potencial para rejuvenecer, enaltecer, complejizar o extender sus limites.

La existencia artística de Van Gogh, el universo científico de Albert Einstein, la experiencia tecnológica de William Henry Gates. Hombres que, como tantos, se han realizado expandiendo los horizontes accesibles por otros hombres, aquellos que a su vez fueron marcando, en sus propios pasos, bifurcaciones implícitas.

El hombre es el resultado intrínseco de la dinámica social. En el arte, en la ciencia y en cualquier expresión humana se encuentran, tácitamente, todos y cada uno de los individuos. La cultura es como un dios vigente, antecede y precede a los sujetos eternamente, como una acción dinámica, poética, etérea. Percibida como una oración eterna, que transmite incesante, su contenido significante. Sobrevive a cada uno de los hombres como una sucesión infinita, silenciosa herencia que desgarra la noción del tiempo.

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