Sociedades, Perdón, Bienestar.

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Por Adriana Funes /Argentina.

En Villa Juliana, un barrio de la ciudad de Villavicencio, Colombia, parece que el perdón no se predica, se practica.

Lejos del “ojo por ojo, diente por diente”, lo llamativo de esta comunidad es que conviven exintegrantes reinsertados de las guerrillas y familiares de las víctimas de aquéllas.

El tema del perdón no es novedoso, la mayoría de las religiones hablan de la importancia de perdonar, lo raro es verlo tan notoriamente en la práctica, donde cohabitan uno y otro bando. Asimismo, el hecho de dejar atrás las ofensas sufridas ha sido un tema no exclusivo del ámbito religioso y muchas veces resulta ser un gran dilema para algunos, entre los cuales me incluyo.

En ocasiones me he negado intencionadamente a perdonar.

Si bien el daño podía no ser terrible, me parecía que no perdonando “castigaba” al agresor mientras que, al mismo tiempo, argumentaba: si perdonar significaba olvidar y hacer de cuenta que no pasó nada, entonces… ¿de qué sirve la experiencia vivida?

Siempre consideré que es fácil decirle a otros que cambien un sentimiento cuando no se está en sus zapatos. Hay hechos muy sensibles para el ser humano, que lo pueden marcar de por vida, y que resultan difíciles de pasar por alto.  De ahí la sorpresa al escuchar sobre este pueblo colombiano, donde víctimas y victimarios comparten los mismos espacios cotidianamente, tratando de mirar hacia el futuro sobre la base de lo aprendido en el pasado, pero no haciendo de éste un eterno presente.

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Recuerdo que siendo pequeña me enojé mucho con mis padres.  No sé qué tan grave habrá sido la ofensa que ni siquiera la recuerdo, pero sí mi enojo, que me hizo rechazar la cena e irme a acostar ante la perplejidad de mis padres, que no  llegaban a dilucidar el motivo de mi falta de apetito, sin asociarlo ni remotamente con una venganza de mi parte, que conocía perfectamente la importancia que le daban a la cena en familia.

Esperaba que mi sacrificio les sirviera de escarmiento (reitero, ni recuerdo de qué se trataba la ofensa), pero, para mi asombro, desde mi habitación escuché cómo mis hermanos y mis padres charlaban animadamente como si nada hubiera pasado, mientras que por mi parte no podía pegar un ojo del hambre que sentía.  Ese día decidí que si me vengaba de alguien, nunca sería a costa de algún sacrificio.

Aunque haya sido algo meramente anecdótico, esa pequeña experiencia me hizo ver que el no dejar pasar una afrenta solo me había perjudicado a mí.  Ni hablar entonces de cosas verdaderamente serias.  No sé si todas las ofensas pueden olvidarse, o si todo se puede perdonar, pero Villa Juliana parecería demostrar que sí.

No hablo de perdonar para “ser mejores personas”, sino para tener paz, liberándonos de circunstancias negativas que nos tiran hacia atrás, que nos encadenan permanentemente al recuerdo de aquello que hubiésemos preferido no ocurriera.

Si no podemos modificar lo que pasó, al menos liberémonos de ello como forma de recuperar un poder que no tuvimos al momento de sufrir el daño.  No se trata de ejercitar la mala memoria, sino de dar un paso adelante, saltar la valla, y seguir.

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