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Por Ricardo Sosa | Argentina

Un hombre se lamenta al enterarse de la muerte de un esclavo que había sido vendido por él. Dice: “Cuando él estuvo conmigo, nunca hizo tal cosa”.

Ésta y otras 264 bromas forman parte del Philogelos, la antología de chistes más antigua de que se tenga testimonio. Escrita en griego, la recopilación data del siglo IV a. C., aunque pudo haber sido hecha posteriormente por los romanos.

Lo cierto es que el humor no estaba ausente de las inquietudes culturales de los antiguos griegos. La comedia formaba parte, junto con el drama y la tragicomedia, de los tres géneros realistas. Por la misma época Hipócrates, el “padre de la medicina”, afirmaba que en el cuerpo humano existen cuatro humores (sustancias líquidas) cuyo desequilibrio influye decisivamente en la salud de las personas.

Como tantas de las cosas que nos ha legado la antigüedad helénica, tenemos también las obras de Aristófanes, uno de los primeros autores de comedias.

En la novela El nombre de la rosa (1980), el italiano Umberto Eco coloca en un lugar importante del argumento al segundo libro del Arte Poética de Aristóteles, que se supone se ha perdido y donde el Estagirita valoraba a la comedia y al humor como expresiones tan importantes como los demás géneros literarios. Precisamente ese pudo haber sido el motivo para haberlo hecho desaparecer, como acto de censura, a manos de alguien con poco sentido de lo cómico.

En la época romana las comedias de Plauto, el Satiricón de Petronio, las sátiras de Persio y Juvenal y los epigramas de Marcial son obras que se rieron de su época.

Los temas que han sido objeto de chanzas fueron y son tan variados como la vida misma, porque se trata precisamente de lo que nos pasa. Las relaciones humanas (el sexo en primerísimo lugar) tienen un lugar destacado, aunque lo que fue gracioso en una época no necesariamente lo es ahora.

Sin embargo hay dos instituciones que se han mantenido reacias a ser burladas: la religión y la política, reinos donde la risa nunca fue bien recibida por sus miembros.

Dioses y presidentes, acólitos y mandatarios tienen prohibido el don de la sonrisa, ni qué hablar de una sonora carcajada (salvo cuando se aproximan elecciones). Muestra de ello han sido los escritores y dibujantes de la revista Charlie Hebdo, asesinados en Francia, y hace unas décadas en la Argentina las prohibiciones y el secuestro de ejemplares de las revistas Tía Vicenta y Humor registrado, del film La vida de Brian (1979) de los fantásticos Monty Python y del recelo con el que fueron mirados y escuchados los humoristas políticos aún en tiempos democráticos.

Curiosamente esos dos ámbitos tan fuertemente vinculados con las personas, rechazan ser objetos del humor, una actividad tan humana.

En 1899 el filósofo y premio Nobel de Literatura Henri Bergson publicaba La risa, un ensayo donde escribía que lo que nos resulta gracioso es aquello que nos representa pero de una manera deformada. Pero que nos representa al fin. Pocos años después, Sigmund Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente (1905), expresaba que la broma cumple la misma función que los sueños, que es la de dar paso a los contenidos inconscientes, en este caso, de manera risueña.

En alguna medida hoy el humor, particularmente en nuestra vida cotidiana, ha cambiado. ¿De qué nos reímos? ¿Qué cosas nos causan gracia hoy? Quizás seamos animales más bien dignos de lástima, como lo ha mostrado agudamente Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver (1726).

Nos hemos vuelto más serios porque no nos gusta que se hagan bromas a costa nuestra. Hoy parece que nos molesta todo. Hemos perdido la capacidad de reírnos con los demás y estamos expectantes al error de los otros, a la falta, sólo para machacar sobre ella.

¿La realidad no da para hacer chistes? ¿Estamos tan ocupados con cosas supuestamente importantes que no tenemos tiempo para reírnos? Casualidad o causalidad, en Argentina actualmente existe sólo una revista dedicada al humor y (salvo que consideremos graciosos los programas de chimentos, los propios chimentos, los personajes de la farándula o las declaraciones de los políticos), hay un solo programa humorístico en la televisión.

Las “tomaduras de pelo”, las “sobradas”, las “gastadas” están en la calle como formas solapadas de agresión. Se ha ido dejando de lado el recurso de la gracia en el diario vivir.

Lo maravilloso del humor es que constituye una vuelta de tuerca a la realidad, es algo que nos permite ver las cosas de otra forma, como la literatura, el arte, la filosofía o la psicología. Una sonrisa cómplice o una carcajada pueden terminar una discusión ferviente y dejar de lado las diferencias entre dos personas.

Las bromas y la risa son saludables y terapéuticas. Pero el paso previo al reencuentro con la vida de manera graciosa, no será solamente dejar de agredirnos, sino principalmente, no tomarnos tan en serio y empezar a reírnos de nosotros mismos.

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