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 Por Sandra Huayanay | Perú

DIEGO.

Cables por doquier.

Ramas de árboles.

El viento.

El Tráfico.

Una tarde en la Ciudad de México.

De la gran armonía solar que imperaba en la gran metrópolis, ahora su color estaba cambiando a ese acostumbrado color rata que he visto desde que nací. Mis cabellos se alborotaban y me estaba arrepintiendo no haber traído algo para sujetarlos. Él seguía mirando las edificaciones, entusiasmado, con sus manos sujetas a su cámara y su visión hacia un nuevo retrato a plasmar. Voltea y ríe. Yo…lo miro y  tambien río. Nos habíamos vuelto cómplices de algo que no entendíamos pero disfrutábamos. Cómo es la vida, a veces tan basura; pero a veces tan buena. Sus ojos color avellana ahora apuntaban hacia otro monumento histórico. Sus cabellos rebeldes como él, no me dejaban tomar foto alguna. “Bah, ni que importara” me decía a mi mísma, hay momentos que no se pueden retratar.

“Parece que todo los murales en esta ciudad son de Diego” me dijo. Yo asentí. Unos días antes, había sido testigo de unos de los murales más alucinantes que he podido observar hasta ahora. Era todo una maravilla que contaba la historia de este magnífico país y se ubicaba en el Palacio Nacional.

Llamado “México en la historia, perspectiva: El Campesino Oprimido, 1935” era un trabajo firmado por éste artista mexicano, el cual tardó unos 16 años en terminarla. Diego lo había hecho con tanta destreza que era para mí inimaginable hacerlo. Estaba asombrada. Los años veinte mexicanos deben haber sido interesantes, no sólo en el contexto histórico sino también artístico. El entonces ministro de educación José Vasconcelos creó un programa para la realización de murales a lo largo de la ciudad con el fin de enseñar a la población lo importante que fue la Revolución Mexicana y fomentar el orgullo de la cultura ancestral de este país. Tanto como Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco- conocido como los tres grandes- impulsaron una revolución artistica que llamó la atención a conocidos y extraños. Su impacto no sólo fue nacional sino tambien internacional. Nunca se había visto tal movimiento que expresara tanto pensamiento político izquierdista y social a través del arte.

A pesar de ello, Diego era también un hombre, con una figura alta, esférica y nada atractiva que conquistaba a las mujeres más deseadas de su generación. María Félix, Dolores Olmedo, Lupe Marín y Frida Kahlo no resistieron ante su presencia imponente que debe haber hechizado a muchas.  Frida parecía así, completamente rendida ante él. En su diario*, no hay parte donde olvide mencionarlo, está en cada página, en cada letra. “Ya no estoy sola. ¿Alas? Tú me acompañas. tú me duermes y me avivas”.

Cuando leí esta frase, me abrumó tanto que tuve que alejarme de su diario. Para ser franca, ni siquiera lo he terminado de leer. Frida realmente dejó su alma por Diego pero él le pagó mal, muy mal. Aun así, no hay rincón en México que conozca una historia tan apasionante como la de estos dos artistas. No la habrá, no creo que exista.

El cielo seguía cambiando de  ánimos, el color rata parecía acentuarse muchos más. Las nubes conspiraban y se unían entre sí, recorrían lentamente por la atmósfera como si estuvieran cargadas de agua. Yo conocía ese cielo. Iba a llover. Estaba segura . Él no se daba cuenta de eso. Ví un poco de desesperación en su rostro, parecía calmado pero sus ojos estaban alarmados. No íbamos a llegar al destino. Traté de caminar rápido para que los otros turistas nos dieran paso, pero habían muchos, demasiados.  ¿Llegaríamos a ese destino? Él deseaba con ansias llegar pronto, yo tambien. Sin embargo, hay otros destinos que ahora hay que seguir y ésos tienen un aroma a café.

*The Diary of Frida Kahlo: An Intimate Self-Portrait. Introduction by Carlos Fuentes.

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