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 Maximiliano Reimondi | Argentina

El lugar, un bar concurrido del Bajo. Aparecen el gran Leonardo y la sensual Carla y preguntan a Fabio por la irresponsable de Adriana. Fabio, confundido, les explica que con ella existe una especie de mística ya que él tuvo un sueño claro la noche anterior. Así se los contó:

-Me encontraba parado en una vereda de un barrio desconocido. No me conocía a mí mismo y mi figura representaba a un vagabundo. Estaba todo en silencio.  Caminé, me topé con una puerta y se me ocurrió la aventura de golpear. Luego de mi accionar, abrió una anciana. Unos segundos después, me saludó y me invitó a pasar. Recorrimos un largo pasillo y me hizo entrar en una habitación. Al estar allí, ella se fue en silencio. Rastreé el aspecto de la habitación y me encontré frente a un colchón viejo y un cuadro incomprensible para mí. Arriba, en otra pared, había una ventana con el vidrio rajado. De pronto, oí unos golpes y me acerqué a la puerta. La abrí violentamente y casi tiro la jarra y el sándwich que estaban en el piso.

Creo que pasaron días y semanas. Nunca me faltó la comida. Mi único trabajo, en todo el día, era saber quién era yo y por qué estaba allí. Meditaba, inventaba pensamientos…No podía parar de teorizar sobre los nombres definidos de cada persona, fijados por la imparable sucesión de hechos que dictaran en algún momento sus muertes. Una noche me desperté súbitamente y mi vista se fijó, interesada, en el cuadro que mostraba distintas imágenes. Increíblemente, me mostraban sucesos de mi vida. Una imagen que me emocionó, fue la de una aldea donde chicos y grandes trabajaban en conjunto. Las tareas las coordinaba una persona joven que tarareaba una hermosa música de fondo. Al rato, me dormí nuevamente. Al amanecer, me levanté y descolgué el cuadro. Sabía que debía desarmarlo de a poco. Al hacer eso, cada momento me revelaba caminos futuros con obstáculos. Pasaban las horas y la paz se iba introduciendo en mi cuerpo, cada vez con mayor fuerza. La calma permitía reconocerme. Al terminar mi tarea, me propuse rearmar el cuadro. Me sentí crecer interiormente pero la incomprensión no encajaba en todo aquello. Un día advertí que mi labor estaba cumplida. Observé todo mi cuerpo y concluí que era un enfermo ya curado.

Caminé por el cuarto. Colgué el cuadro en su lugar. Todo estaba igual como el día de mi arribo. Pero no era lo mismo. Estaba entre el nacimiento y la muerte. Buscaba el signo de mi identidad. Pero mi nombre no estaba en el cuadro. Había sido necesario desarmarlo para saberlo. Abrí la puerta y salí. Caminé por el pasillo y por el resto de ese lugar misterioso y desconocido. No había nadie. Oí, a lo lejos, unos fuertes golpes en la puerta de entrada. La abrí y encontré a un joven. Nos miramos de arriba hacia abajo, con gran curiosidad. Lo hice pasar y lo llevé hasta lo que había sido mi lugar de residencia transitoria. Lo saludé al despedirme. Busqué y encontré agua y un sándwich. Se los llevé y los dejé delante de la puerta. Antes de irme, golpeé…

Fabio miró a Leonardo y a Carla, mientras compartían un delicioso café. Luego de unos minutos, llegó Adriana.

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