Reflexión, Psicología, Bienestar

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Por Anabel Mica | Argentina

La vida es cambio. En nuestro mundo todo fluye continuamente, nada se detiene. La naturaleza misma nos enseña que nada crece de una vez para siempre.

Nosotros mismos somos agentes de esos cambios, activa o pasivamente. Aún cuando nos resistimos el cambio sucede de todas formas y lo importante es que cuando decidamos enfrentarlo ya no sea demasiado tarde.

El cambio nos da ventaja sólo si somos capaces de anticiparlo, detectarlo cuando las cosas aún funcionan y prepararnos ante él. El cambio es siempre una oportunidad, es cierto. En ocasiones y gracias al paso del tiempo, advertimos que el cambio se produjo para dejar atrás cuestiones que ya no nos agregaban valor. No por ello debemos pensarlo desde un optimismo utópico, pero tampoco desde un pesimismo que nos impida avanzar.

Los grandes cambios de la vida siempre vienen acompañados de momentos de profunda incertidumbre. Los percibimos como una “sacudida” al equilibrio que nos permitía movernos en una cierta zona de confort. Sin embargo no son el fin del mundo, son el principio de uno nuevo y diferente.

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El cambio será más fácil de atravesar para aquel que se conozca a sí mismo lo suficiente.  Aquel que aún en medio de la complejidad y con la rapidez con la que la nueva realidad irrumpe, tenga la capacidad de discernir y apalancarse en sus propios valores, quizás lo más estable que cada uno tiene. El conocimiento profundo en uno mismo será la clave para no perder el timón de la propia vida y encontrar más fácilmente la manera de automotivarse.

El cambio requiere de un gran esfuerzo: animarse a mirar la nueva realidad a los ojos, comprometernos emocionalmente con ella, adecuar nuestros modelos mentales para abordarla de un modo eficiente. En definitiva, el cambio nos exige cambiar.

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