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Por Rob Martínez

Desde que nacemos, nuestros padres nos transmiten la enorme responsabilidad de “Ser alguien en la vida” que nos han otorgado. Como si el hecho de haber nacido, no fuera suficiente.

En la mayoría de las culturas, una persona tiene como mandato cumplir con una serie de pasos para decir con total orgullo que ha logrado una vida plena: Pasar educación inicial, primaria, salir del secundario, entrar a la universidad, tener pareja, desarrollar la sexualidad, graduarse, encontrar empleo, formar una familia y seguir trabajando para que los herederos puedan repetir la fórmula. ¿Pero, quién hizo Oficial que así debía ser? .

Con el tiempo, el cumplimiento de las etapas en su orden original ha sido modificado por diversas razones, obligándonos a saltar algunas o en muchos casos, todas ellas.

Estuve charlando con varios de mis amigos, con la aguda curiosidad por conocer qué tan estimulados están por el futuro y cuál es la prioridad. Me encontré con las mismas respuestas: dinero, amor y quizás, salud. Son estas las categorías las que más los inquieta.

En el amor, las chicas demostraron la inquietante sensación de no poder encontrar a un hombre para formar una familia. Calculando constantemente el tiempo, inversión y resultado de lo que tardarían en tener un hijo. Otros, la mayoría hombres intentaban brevemente argumentar que el dinero era lo más importante para sentirte realmente plenos. Eso traía consigo poder adquirir cosas, cosas que satisfacían sus “necesidades”.

En esa carrera agresiva de querer alcanzar cada vez más rápido esos objetivos siento que estamos perdiéndonos de todo. Vamos acelerando el paso, sin observar, escuchar y sentir.

¿Cuánto falta para que termine el colegio?, ¿cuánto falta para jubilarme?, ¿cuánto falta para irme de vacaciones?, ¿cuánto falta para vivir solo?, ¿cuánto falta para tener un hijo y que empiece a hablar?, ¿cuánto falta para ganar más dinero? , ¿Cuánto falta?

Quizás deberíamos dejar de preguntar cuánto falta y disfrutar de nuevo el camino.

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