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Por Lionel Fabio | Argentina

El rol de la sociedad en la política es un pilar fundamental para entender la experiencia democrática moderna. El compromiso de los hombres en la elección de aquellos que los gobiernen solo puede darse donde la participación política es una realidad posible.

Cuando esto es un hecho, es curioso observar como las masas se tiñen de ideología política, vinculándose estrechamente con diferentes partidos políticos, representándose en su gestión y en sus discursos. Aunque las percepciones políticas sean tan ajenas en su experiencia cotidiana, en aquel momento donde la democracia florece, la tendencia política lo reinterpreta todo.

La política es un camino de doble vía, una que va desde abajo hacia arriba, de lo social a lo político, y otra que va desde arriba hacia abajo; de lo político a lo social. Desde abajo, en lo social, se generan los intereses y aspiraciones de la comunidad, buscando una representación política que las satisfaga; y desde arriba, en lo político, esa representación influye activamente en los intereses, ideas e incluso fantasmas de esa sociedad.

Sin embargo, el vínculo entre ambos es asimétrico. La amplitud de la sociedad y el cambiante flujo de intereses le aporta al individuo una limitación natural de participación política efectiva mientras que, la influencia de arriba hacia abajo es mucho más determinante.

De esta influencia se nutren los partidos, intentando captar votos a través de representación y la ideología más dominante dentro de esa sociedad es la que tiene más oportunidades de imponerse.

La función de la ideología tiene una cara para cada uno de estos actores: Para la sociedad, la ideología es una forma de entender la realidad y sus aspiraciones; Para la política, la ideología es una herramienta, un instrumento de trabajo.

Podría decirse que la sociedad tiene una ideología, mientras que, la política usa una ideología.

Pero para ello, es fundamental que las masas se olviden del hecho de que la ideología es un instrumento,  permitiéndoles así absorber el juego político que se ejecuta desde arriba. Este entramado ideológico se expande tan sutilmente que carga la racionalidad de los hombres sin provocar reacción alguna, desplazando muchas de sus percepciones más genuinas de la realidad. Esta influencia consigue incluso quebrar relaciones cuya afinidad ha surgido espontáneamente a lo largo del tiempo y que por contraposición ideológica, se enfrentan.

Hacia adentro del espectro político, el pragmatismo supera ampliamente los matices ideológicos. La gestión política en si es mucho más flexible e impulsada por intereses personalistas de lo que se piensa. La ideología es una fuente difusa y pocas veces convocada en el momento de toma de decisiones políticas cotidianas.

El entramado político es tan complejo y condicionado por la coyuntura externa que es difícil encontrarle la motivación ideológica subscrita en cada una de las acciones que se emprenden.

Al interior de la política están los actores concretos que dependiendo de sus capacidades pueden llevar a cabo una mejor o peor gestión, sin embargo, las motivaciones que se promueven hacia afuera, se basan en colores políticos que aparentan diferenciados pero de fondo no lo son.

El hombre incapaz de trascender la promoción política para observar más allá de las ideologías es la clase de hombre que se inmola por intereses creados. Es la clase de hombre que se convierte en soldado, ejecutando una guerra para los cobarde que utilizan una ideología para justificarla.

Entender la política es trascender esa ilusión.

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