Las cirugías plásticas, ya sean reparadoras o estéticas, pueden hacer maravillas no solo desde lo físico. Una persona traumatizada por un defecto, luego de una cirugía exitosa puede cambiar en gran medida su postura ante la vida y su relación con los demás. 

Por Adriana Funes / Twitter: @ridyndigital

“Porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.  Almodovar – Todo sobre mi madre.

 
Hace unos días, con el televisor encendido sin ver específicamente el programa, oí que alguien decía: “Ahora sí me siento mujer”.
 

Pensé que se trataba de alguien nacido en cuerpo de hombre pero qué, internamente, se sentía mujer.  Mientras enfocaban a la presentadora que comentaba sobre la frase dicha, miré la pantalla esperando ver quién la había dicho.

Mi sorpresa fue descubrir que se trataba de una mujer en todo sentido.  No era un caso de disforia de género, en absoluto, simplemente se trataba de una chica que, a través de una cirugía, se había aumentado el busto.

Es evidente que cada uno de nosotros tiene su propia idea de cómo “debería ser” en cada aspecto de su vida, y que esa idea se fue construyendo a lo largo de nuestra existencia.  No podemos permanecer al margen de lo que absorbimos del ambiente en el que nos criamos y de la sociedad en la que estamos inmersos, no hay nada extraño en ello, pero sí cuando lo que recibimos del exterior barre con nuestra originalidad y se instala de tal manera que nos hace creer que ese ideal que buscamos alcanzar nace de nuestro ser más íntimo y no de una imagen impuesta, en su totalidad, desde afuera.

Las cirugías plásticas

ya sean reparadoras o estéticas, pueden hacer maravillas no solo desde lo físico.  Una persona traumatizada por un defecto (o lo que considera como tal) luego de una cirugía exitosa puede cambiar en gran medida su postura ante la vida y su relación con los demás.  Quizás este efecto “secundario” sea el más importante, aunque algunas veces, en mínimo porcentaje, este efecto no sea muy positivo.

En los últimos tiempos, han aparecido mujeres (y hasta hombres) que se hacen infinidad de operaciones con el objetivo de parecerse a ciertas muñecas (o muñecos).  ¿Habrá que culpar a los medios? ¿A la sociedad que promociona modelos imposibles de lograr para el común de los mortales? ¿Al fabricante de muñecas con proporciones idílicas?  Nada puede imponérsenos si nosotros no le damos vía libre.

En cualquier caso, la cirugía que brinda mejores resultados es aquella que nos hace sentir bien con nosotros mismos y con nuestra forma de relacionamos, y no aquella que termina siendo el puntapié inicial a una cadena de modificaciones que, en vez de aproximarnos a lo que soñábamos de nosotros mismos, nos pierde en un circuito indefinido de transformaciones.

En tal sentido, me parece que lo anterior queda bellamente resumido en la película de Pedro Almodóvar Todo sobre mi madre, cuando casi al final “la” Agrado, un travesti que debido a la cancelación de una función de teatro improvisa un monólogo para los espectadores que deciden quedarse a escucharla, dice: “Me llaman la Agrado, porque toda mi vida sólo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás. Además de agradable, soy muy auténtica. Miren qué cuerpo, todo hecho a medida: rasgado de ojos 80.000; nariz 200, tiradas a la basura porque un año después me la pusieron así de otro palizón… Ya sé que me da mucha personalidad, pero si llego a saberlo no me la toco. Tetas, 2, porque no soy ningún monstruo… [y sigue enumerando una serie de cirugías] … Bueno, lo que les estaba diciendo, que cuesta mucho ser auténtica, señora, y en estas cosas no hay que ser rácana, porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

 

Image and video hosting by TinyPic

Déjanos tu comentario

Suscríbete a nuestro Boletín.

Recibirás más artículos como este.