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Por Adriana Funes | Argentina

Cuando en Argentina, en el ámbito político, se habla de grieta se está haciendo referencia a la gran división entre los ciudadanos, de acuerdo al bando político al que adhieran.

La división política en una sociedad no es nada nuevo, lo riesgoso es cuando lo político se convierte en religioso, es decir, cuando pasa a ser una cuestión de fe. Esto se pone de manifiesto cuando se dejan de lado los hechos concretos y se defiende a capa y espada una ideología abstracta.

Se barren bajo la alfombra las mentiras, los actos de corrupción, y todo lo mal hecho, salvo cuando esto mismo lo realiza el bando contrario, en cuyo caso, se saca a la luz con bombos y platillos. La balanza que mide lo bueno y lo malo está desequilibrada: solo valen como buenos aquellos actos realizados por el propio partido y como malos, los del contrario.

Hay una ceguera parcial que impide reconocer lo que no conviene. Para algunas personas, hacerlo significaría ir en desmedro de un interés personal al que no quieren renunciar, pero hay otras que defienden, con sinceridad y sin intereses mediante, al partido y a sus representantes de manera fundamentalista. El que se niega a ver hechos indiscutibles, incluso ante la evidencia, tendría que ver en sí mismo dónde está su propia grieta que le hace negar una realidad. Se ha identificado tanto con una ideología que se le hace imposible admitir alguna falla porque hacerlo sería tocar alguna fibra íntima.

No obstante, no hace falta renunciar a ningún partido, alcanzaría con perder el miedo a ver lo malo. Mientras no se vean falencias, es imposible modificar o mejorar nada y, así como nadie puede ser perfecto siempre, en todos los aspectos, mucho menos puede serlo un grupo partidario. Si cada bando aceptara lo mal hecho, podría corregirlo. Cuando los errores se niegan, se multiplican.

El equivocarse, reconocerlo y enmendar lo que sea necesario es digno de respeto. Si cada grupo político lo pusiera en práctica, nos respetaríamos más entre todos, independientemente del partido al que pertenezcamos. En definitiva, compartimos nacionalidad y territorio, tendríamos que unirnos para el bien común y no separarnos para defender a aquellos políticos que actúan, inescrupulosamente, para su propio bien.

Tomar conciencia de esto último es una forma de empezar a achicar la grieta. En definitiva, una grieta es una separación en la superficie; puede ser más o menos profunda, pero no es una separación absoluta. Puede, incluso, no cerrarse completamente, pero si todos trabajamos para el bien general, terminará siendo imperceptible.

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