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Por Mauricio Delgado | Argentina

Otra maldita noche que busco alivio en un papel, tan vacío y mundano como mi corazón. No me quiero seguir mintiendo, se me desarma la cara y mis lágrimas derriten lo que sea que tapaba mis ojos.

Otro sábado que ella está bailando. Y en mi mente me confundo, tengo la obsesión de pensar que de mí no se acuerda, que por mí no se desvela. Que por mí no pasa un sábado a la noche tendida en una cama escribiendo.
Lo irónico es que escribo a lápiz, algo tan fácil de borrar como yo de sus planes.

Mil veces trato de decodificar sus mensajes en mi mente, todos terminan en el mismo lugar, en que ya no me quiere, por eso ya me culpe, la culpe, los culpe y hasta te culpe a vos.

Hay algo que me preocupa, ya no soy quien era. No creo que para mejor. Y aunque no creo que exista un alma gemela, una media naranja, tengo miedo a no poder darle mi ser entero como se lo merecería. Por culpa de mi historia vivida con lo que yo creí que era un ángel sin alas, y no un demonio sin cuernos.

Aunque me gusta el rugido de mi lápiz contra el papel tengo que admitir que esto no es sano.
Ya no uso su perfume favorito, huele a desesperación. Además espero que caduque como la relación. ¿Será que tenía fecha de vencimiento y no me entere? Pero si ya se fue de mi lado porque sigue acá….
Alguien está tocándola ahora mismo y yo acá sangrando en grafito, parece injusto ¿no? Pero lo justo solo se aplica al mundo humano y el amor está por encima.

Que irónico, dije amor aun cuando siento barro dentro de mi corazón y mi pecho estrujándose y volviéndose un nudo. Quiero dormirme, que esta noche termine, que no queden hojas, que deje de tener punta mi lápiz.
Pero no. Parece que todo se complotó para que mi triste noche de sábado se vuelva una de esas donde aprendes un poco y morís otro poquito.

Ya no pienso lo que escribo, le di libre albedrio a mi mano, las letras se dibujan como hadas desnudas en un campo de amapolas, que metáfora tan inútil para llenar un renglón y así no decir que creo que se me marchita la fe que tenía en el amor.

Después de todo la fe no es más que la confianza depositada en la ignorancia de lo que no sabemos, ¿y qué se yo del amor? Aparentemente nada.

Reflexiono ¿qué me llevo de esta experiencia?, un contacto menos en Facebook, nueve fotos borradas y dos cartas jamás entregadas. Ah! también un sabor a acido en la sangre y las continuas ganas de vomitar las mariposas viejas.
De qué sirve repetirse que no puede ser, que está confundida, si hace poco dijo que me ama pero ahora con otro comparte la cama. Aunque a veces deseo que su piel sea venenosa y así nadie jamás la toque, recuerdo que envenenado tiene el corazón y si odio a sus futuros amantes no hay nada que me venga mejor que dejarlos que se enamoren de ella.

Va a ser mejor que baje el volumen de mis pensamientos puedo despertar al intento de solución que duerme en mi cama. No recuerdo su nombre, ni tampoco recuerdo a la de ayer.

Después de otra noche con sabor a muerte, me di cuenta que se me estrió el corazón. Demasiada es la fuerza que hago para olvidarla. En mi cabeza un mar salado trata de hundir los recuerdos, los lindos, nada más.
Y creo que si un día llegaras a tragarte tu orgullo de princesa, que te mantiene encerrada en ese calabozo que te gustar llamar palacio, y volvieras a pedirme mi amor, te diría que no.

No creo que lo haga de fuerte que soy, sino de lo débil y cobarde como para volver a arriesgarme a sufrir.

Una guitarra sin cuerdas, una noche sin estrellas, yo sin ella. Todo tan inútil. Y hoy me pregunto si todo fue siempre tan opaco o yo me acostumbre a su brillo.

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