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Bienestar, Salud, Emociones.

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Por Adriana Funes |Argentina

Si bien en algunos textos de la antigüedad se consideraba que ciertos órganos eran depositarios “naturales” de determinadas emociones, la ciencia y la medicina (salvo algunas excepciones) mantuvo por muchos años una concepción dividida del cuerpo, la mente y las emociones, como si cada uno de ellos anduviera por carriles distintos sin cruzarse.

La idea de un ser humano integrado por todos esos aspectos (y más, para aquellos que consideran la existencia del alma), ha tomado fuerza en los últimos años a punto tal que cuesta cada vez más hacerse a la idea de un cuerpo completamente aislado de sentimientos y pensamientos.  Incluso médicos que han aplicado la medicina convencional (alopática) han modificado su postura, evaluando otras formas de curación fuera de lo tradicional.

En tal sentido, nos encontramos hoy día con variadas opciones para tratar la enfermedad de manera integral, pero aunque el enfoque para la curación de cada una de ellas pueda variar, por lo general coinciden en un punto: la enfermedad no aparece para embromarnos la vida, sino que es consecuencia de vivencias, emociones y sentimientos que, por su intensidad y falta de manifestación oportuna, terminan alojándose en el cuerpo como forma de expresión, de hacerse visible.  De este modo se considera la enfermedad como un llamado de atención, un intento de curación, una forma de expresar lo que no se dijo en palabras, pero que impactó profundamente en la psiquis y en el sentir de quien la padece.

 

Así, algunas teorías incluso conectan distintas emociones con algunos órganos en particular, muchas veces de acuerdo a la función que estos cumplen.

 

Si no podemos “digerir” alguna situación, posiblemente se vea afectado el aparato digestivo.  Si no queremos oír determinadas cosas, o nos irrita lo que hemos oído, quizás tengamos problemas en los oídos.  De todas formas, no hay una relación matemática entre emoción y síntoma, pues tratándose de seres humanos cada quien tiene su particularidad que no puede soslayarse.  Asimismo, los malestares y enfermedades dependerán, mayormente, no de la circunstancia vivida sino de la forma en que la percibe el que la atraviesa.

Cabe preguntarse entonces si en aquellos casos en que una dolencia nos sobreviene no por un hecho fortuito que no podemos controlar, sino por nuestra forma de encarar la vida, ésta no podría ser modificada antes de que suframos sus consecuencias, dado que es sabido que aquellos pensamientos o sentimientos negativos que perduran en el tiempo, terminan alojándose en nuestro cuerpo.

Quizás no estemos conscientes de todos ellos, pero seguro que de otros sí.

Cuando sentimos miedos, inseguridades, tristeza, percibimos que eso nos produce un malestar indeseado.  Será cuestión de que cuando detectemos algún sentimiento que nos lastime, arbitremos los cambios necesarios para modificarlos.  Tarea que puede no ser sencilla, pero que a la larga nos beneficiará.

Una vez escuché la frase: “¿Qué querés, tener razón o ser feliz?” y en ese momento me dio bronca porque no solo no estaba dispuesta a soltar mi necesidad de tener razón, sino que quería que los demás también lo reconocieran. Hasta que después de mucho evaluar las situaciones que se presentaban en ese sentido, me di cuenta de que frecuentemente era más lo que perdía a nivel anímico que lo que ganaba en mi intento por demostrar tener razón.  Indirectamente, a medida que fui soltando ese aspecto, fui ganando seguridad, un efecto colateral inesperado, pero gratificante.

Ese es un hecho aislado, pero si la ira, el miedo extremo, la terquedad o la crítica (entre otros) llegan a “hacerse

carne”, no valen la pena.  Lo difícil es soltar esos aspectos cuando los hicimos parte de nuestra personalidad.  Si me paso criticando todo, y eso me sirvió para mejorar o hacer que los demás respondan a lo que espero, me costará muchísimo cambiarlo, porque en algún momento ese aspecto negativo tuvo consecuencias positivas, o porque simplemente me siento más segura en esa postura conocida.

Cuando notemos que algo así sucede, y que comenzó a dañarnos, será cuestión de evaluar: “¿Qué quiero, seguir así o no enfermar?”.  No es necesario realizar cambios drásticos (a menos que interiormente tengamos el impulso de hacerlos); simplemente se puede ir tomando conciencia y cambiando en pequeñas circunstancias, lo que nos permitirá luego realizar cambios mayores.  O quizás (como diría Aristóteles) será cuestión de que cada quien encuentre el justo medio.


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