El objetivo de una broma (a menos que sea pesada o malintencionada) es causar gracia, diversión, tanto al que la hace como al que la recibe. Si hablamos de burla, el fin es otro.

Por Adriana Funes | Argentina

Se trata más que nada de la satisfacción dañina que siente exclusivamente el que la ejecuta, sintiéndose, el que la padece, cuanto menos, molesto.  Esto ha  sido siempre bastante común en las escuelas, cuando se toma de punto a alguien por algo que los burlones pueden considerar una falencia física, un nombre poco afortunado, entre otros.

Sin embargo, incluso ante la burla no se puede decir que haya una intencionalidad expresa de excluir al otro.  El que la padece, puede llegar a sentirse muy mal, acomplejarse, retraerse pero, en general, sigue siendo parte del grupo y, la mayoría de las veces, el burlón no mide el sufrimiento que causa.  No es nada simpático ser blanco de burlas (lo padecí en carne propia de chica), pero aquéllas están dirigidas a un aspecto que desagrada del otro, pero no a éste en su totalidad.

El bullying, en cambio, es el extremo más dañino y malintencionado de todos.  Ya no se trata de rechazar algún aspecto de la persona que es blanco del hostigamiento sino del rechazo liso y llano de aquélla.  Si bien el acosador puede alegar un supuesto motivo para justificar su actitud, en realidad su persecución busca, disimulada o abiertamente, aniquilar, como si se tratara de una batalla contra un enemigo, donde además se buscan aliados que contribuyan a la “expulsión” del acosado.

Lo más llamativo en los últimos tiempos es que el bullying se ha extendido de manera alarmante. Incluso ya no se trata de ridiculizar a alguien por algún supuesto defecto, sino que el repudio hacia determinada persona puede ser ocasionado, incluso, por una virtud.  En la actualidad, se acosa también a los que se destacan por su inteligencia, belleza, carisma, o cualquier otra cualidad que los acosadores sienten que ellos mismos carecen.

En todo esto las redes sociales y los medios de comunicación, para bien o para mal, tienen un papel fundamental. Hay programas en los cuales la crítica y la burla son moneda corriente y hasta eje de la programación. Nada está bien, siempre encuentran un error, o una intención oculta que ellos, los comunicadores especializados, sacan a la luz.

Incluso se burlan de la gente común, de la gente de la calle que emite una opinión desafortunada. Hasta en algunos realities donde los participantes compiten entre sí, el jurado no solo los califica, sino que los descalifica con todo tipo de comentarios innecesarios que no hacen al perfeccionamiento, pero que humillan y generan malestar.

Sin embargo, ninguna conducta se hace presente en una sociedad de la noche a la mañana y siempre existe la posibilidad de ejercer el poder que todos tenemos para cambiar las cosas.  Pequeños actos terminan en una sumatoria que puede resultar en un cambio positivo o negativo según sea el caso, y de cada uno de nosotros depende permitirles o no que echen raíces.

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