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Por Ricardo Sosa | Argentina

¿Qué es ese tiempo no medido por aparato alguno, de eso eminentemente subjetivo que transcurre, inexorable, para nosotros? ¿Cuál es la medida de esa duración, que al ser eminentemente personal, tiene una significación individual?

El pasado

¿Cómo fue el origen del tiempo? En la mitología griega Gea (la Tierra) y Urano (El Cielo) engendraron a los titanes, los cíclopes y los hecatonquiros. Urano, temeroso de que alguno de sus hijos se volviera en su contra, los encerró en los abismos del Tártaro, un lugar más profundo que el inframundo.

Cronos (el Tiempo) era uno de esos titanes. Para evitar que su padre continuara fecundando a Gea, le cortó los genitales con una hoz de hierro. Cronos asumió el poder pero sus padres le dijeron que la historia se repetiría: alguno de sus hijos lo destronaría.

De la unión de Cronos con su hermana Rea nacieron siete hijos. Frente al temor de ser derrocado, devoró a todos a medida que nacían. Pero Rea quería ver crecer a alguno de ellos. Ya a punto de dar a luz a Zeus, el último hijo y para evitarle la muerte, se dirigió a un lugar lejos de la presencia de Cronos para que naciera. Cuando Zeus llegó a tener la fuerza suficiente, se rebeló contra su padre, le abrió el estómago y rescató a sus hermanos.

Para Heráclito “todo fluye”, pero además se refiere a la fugacidad de cada instante, porque es único, cuando escribe: “no nos bañamos dos veces en el mismo río”.

La Biblia dice, de manera un tanto optimista, que habrá tiempo para todo lo que se hace y que: “Lo que ahora existe, ya existía; y lo que ha de existir, existe ya. Dios hace que la historia se repita.” (Eclesiastés 3:15). ¿No hay nada nuevo bajo el sol?

En Las mil y una noches, Sherezade, la hija del visir, se ofrece como esposa al rey Schariar, porque éste se ha convencido de que todas las mujeres son infieles y cada noche ha decidido matar a una. Pero Sherezade logra salvar su vida (o sea, extender su tiempo) contándole un cuento y prometiéndole que terminará la historia la noche siguiente, lo que despierta la curiosidad del rey y hace que permanezca con vida.

La música es, por sobre todas las otras formas artísticas, el arte que existe en el tiempo. Sin embargo mientras que Mahler necesitó que sus sinfonías tuvieran una extensión cercana a los noventa minutos y el Opus clavicembalisticum (1929-1930) para piano solo, del compositor inglés Kaikhosru Shapurji Sorabji requiere de cuatro horas y cuarenta y siete minutos de ejecución, en el otro extremo, el Vals en re bemol Op 64 Nº 1 de Chopin tiene una duración de casi dos minutos… aunque se lo conozca como “Vals del minuto”.

En cambio para los atletas Usain Bolt o Michael Phelps el tiempo es ese breve lapso limitado por una distancia de cincuenta o cien metros, pero medido en centésimas de segundo. Si estos atletas de excelencia hacen las cosas muy rápido, en realidad son muy lentos comparados con la velocidad de la luz, y si pudieran correr o nadar sin parar durante un año, ni se acercarían a la distancia que la luz recorre durante ese tiempo, un año luz.

En algún momento los hombres decidieron llevar la cuenta del tiempo. Del calendario juliano (por Julio César) derivó el calendario gregoriano (por el papa Gregorio XIII) que utilizamos en la actualidad. Hay otros como el judío y el musulmán que siguen cronologías distintas, porque cada cultura y cada historia recuerda sus hitos.

El presente

“No hay otro tiempo que el ahora, este ápice

Del ya será y del fue, de aquel instante

En que la gota cae en la clepsidra.

El ilusorio ayer es un recinto

De figuras inmóviles de cera

O de reminiscencias literarias

Que el tiempo irá perdiendo en sus espejos.”

Jorge Luis Borges, “El pasado”

El futuro

Existen distintas formas de llevar la cuenta del paso del tiempo, sin embargo hay otro tiempo no medido por ningún aparato. Es el tiempo personal, subjetivo que, como tal, transcurre sólo para nosotros. Porque es nuestro. Así como las dimensiones de nuestro barrio no necesariamente coinciden con los límites geográficos o con las distancias reales, nuestro tiempo no siempre guarda relación con los días de la semana.

¿Acaso no nos hemos sorprendido porque hoy es tal día, de qué rápido pasó el tiempo? O respecto a algún acontecimiento histórico, ¿fue tal año o fue tal otro? El tiempo no pasa volando, salvo cuando no pensamos en él. Como cuando estamos haciendo cosas y si son placenteras, mejor aún.

En un sentido esa duración depende de nosotros. Cada día a cada instante estamos creando y recreando nuestra vida. Cada acto que realizamos, cada sensación o cada pensamiento nos sitúa en un tiempo determinado pero que nos brinda muchas posibilidades. Esas posibilidades son la del cambio. Vivimos dentro de ese tiempo, pero no estamos condenados a ser arrastrados hacia un futuro prefijado.

El cambio dependerá, en gran medida, de nosotros mismos. El uso que le demos al tiempo será nuestra responsabilidad. Superando obstáculos y no fabricando excusas. Nada más y nada menos.

En nuestro lenguaje cotidiano utilizamos un giro lingüístico especial: decimos, por ejemplo, “voy a ir” o “voy a comer”, en una especie de anuncio de lo que haremos. No decimos “iré” o “comeré” porque implicaría un compromiso más urgente que no se puede eludir una vez dicho.

No podemos darnos el lujo de “matar el tiempo” ocupándolo “porque sí”, porque ese tiempo se va. Ni lo matamos ni lo aprovechamos. El “tiempo libre” es el de desligarnos de las obligaciones cotidianas: son los momentos en que hacemos lo que nos gusta, y que se nos pasan rápidamente, a lo Usain Bolt. A lo sumo podemos intentar “negar el paso tiempo”, no mirando el reloj o cirugía estética mediante, que es, en realidad, negar nuestra condición de mortales. Antes que nada, estaríamos negando la posibilidad del cambio.

Siendo niños, decíamos “ayer”, “hoy” y “mañana” mezclando las significaciones. ¿Cómo habrá sido ese instante en que empezamos a entender que ninguna de esas palabras aludía a lo mismo?

Esas mil y una noches en que Sherezade no dejó de contar una historia es una alegoría de lo que podemos llegar a hacer con nuestra vida (¡y del poder de las palabras!).

Darnos cuenta que cada día podemos vivir uno más, aprovechando lo que nos dejó el pasado aventurándonos hacia el futuro.
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