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¿Alguna vez se han obsesionado con alguna pintura?

Yo sí. El año pasado mientras paseaba por el conocidísimo Museo Metropolitano de Nueva York, un lienzo capturó mi atención. No era de Van Gogh, menos un “Velásquez”.

Fue tanto el impacto que solo tuve tiempo para tomarle una foto. Los guardias de seguridad indicaban a los visitantes cordialmente a que se retiraran. Apenada, tuve que salir rápidamente del museo. Pero aún tenía la duda ¿quién fue el autor de dicha obra? ¡En mis clases de arte nunca lo ví! No tenía ninguna pista. Hace semanas atrás me cuestioné lo mismo. Tenía que tener detrás un artista. Algún ser humano con alguna habilidad prodigiosa para la pintura. Ese hombre era André Derain.

Pintor francés a quien se le atribuye (por supuesto después de Henry Matisse) como uno de los grandes exponentes del Fauvismo, movimiento netamente pictórico que se caracterizaba por la utilización de colores brillantes y por su naturalismo. A lo último, quiero referirme al reflejo realista de los paisajes y las personas. Ya a finales del siglo XIX, en una época de cambios en el mundo (la industrialización, las construcciones de grandes megaproyectos arquitectónicos, etc); el impresionismo se notaba como un movimiento a punto de morir.

Los colores suaves y claros, los paisajes tan perfectos sacados de algún cuento de hadas; y los burgueses súper felices celebrando de los más grandes algunos eventos sociales se veían desaparecer. Para el horror de muchos, el Fauvismo representó un shock, un grito de contracorriente contra lo ya establecido como lo perfecto, lo idealizado. Muchos afirmaban que se vendría una corriente de artistas anarquistas que estaban dispuestos a protestar contra el orden y la estabilidad. Sin embargo, los artistas atribuyen el uso de colores fuertes, trazos diagonales y contrates como producto de su imaginación.

Cuando observé “el Palacio de Westminster” me pregunté a mí misma por qué retratar a una Londres llena de luces y colores vivos, cuando en realidad es una ciudad como Lima, gris. En 1905, el art dealer Ambroise Vollard comisiona a Derain a pintar la cuidad de Londres. En los casi 30 lienzos que pintó en dos meses, el pintor francés refleja a una Londres que difiere de aquel pintado alguna vez por Monet. Notaba optimismo y crecimiento, asimismo; reflejaba las rutinas diarias hechas a las orillas del río Támesis, diferente, comercial, turística, industrial. Pero ¿qué hay de los colores? ¿Acaso son el reflejo del optimismo? No en realidad. Mientras Derain y Matisse estaban trabajando en Collioure, los colores mediterráneos  dejaron de ser parte de sus visiones para instalarse en su imaginación; y en su paleta de vida. André Derain gozó de fama mientras estuvo en vida y también de una moderada fortuna. Sin embargo, no todo es color de rosa.

El fauvismo después de cuatro años de nacimiento, no se desarrolló y se queda estancado en el mundo de la historia del arte. Sus máximos representantes como Dufy, Braque y Gauguin trazan nuevos caminos individuales en la pintura. Derain incluso experimenta con la escultura aunque no con mucho éxito. Mientras tanto, un nuevo chico se acerca al barro artístico, Paul Cézanne, quien se vuelve en un personaje de mucha influencia para él.

Debido al gran cuestionamiento a su propio trabajo y a su exacerbado perfeccionismo, destruye muchas de sus obras. Otros indican, que fue Cézanne quien lo llevó a destruir sus trabajos como borrando sus malos tiempos. Quien sabe…

Finalmente, aun no encuentro ninguna prueba fehaciente que André Derain fue alguna vez un colaborador nazi. Es más, aún me cuesta creerlo. Sin Embargo, Russell T. Clement en su libro Les Fauves afirma que éste aceptó una invitación para viajar a Berlin en 1941 a fin de pintar a la familia de Joachim von Ribbentrop, ministro de la Alemania Nazi.

No puedo creerlo.

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