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Por Damian Gorosito | Argentina

El sujeto contemporáneo entre dos mandatos: “¡Amá y Gozá!”

El primero, arrastrado desde la época romántica: el ideal de familia, de amor eterno a una persona, la monogamia. Es un mandato que rechaza la infidelidad en la pareja en pos de construir una familia y una cierta estabilidad sentimental.

El segundo, propio de la época, impulsa al sujeto a “consumir personas”

Si, producto de la globalización quizá, o de los adelantos tecnológicos, se le presentan al individuo múltiples opciones con las cuales hacer lazo sentimental. Personas que conocimos apenas un instante y ya les pedimos su número de teléfono para luego seguir hablando. O incluso personas que nunca conocimos en la realidad y las redes sociales nos permiten contactarnos con ellas.

Surge así una “competencia de mercado” verdaderamente feroz. El deseo del sujeto se desplaza permanentemente, sin detenerse, anonadado por las opciones y las muchas variables que se le presentan para relacionarse con otra persona.

Ahora bien, como todo mandato social, cualquiera de las dos opciones dividen al sujeto y generan angustia, ya que no se presentan en dirección de un deseo genuino, sino en forma de estándares que uno debe alcanzar para sentirse parte de un determinado grupo social.
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Ambos mandatos funcionan a modo de imperativo. El primero: “¡amá!, ¡formá una familia que es lo mejor que te puede pasar!”. El segundo: “¡copulá!”, “¡gozá!”.

Por lo tanto,  ambas opciones hacen sentir angustia cuando solamente están motivadas por la presión social.

En el primer caso, el de la monogamia, la angustia aparece por una simple razón: las personas se cansan de amar siempre a la misma persona, y sus fantasías vuelan con toda la oferta del otro sexo que ven ya sea en la calle, como así también en los medios de comunicación.

La fantasía dominante pasa a ser la de serle infiel a la pareja, cuestión que genera angustia si uno es más o menos neurótico y siente culpa por ello.

“Hace 10 años que tengo sexo con la misma mujer, para colmo camino por la calle y me vuelvo loco con todas las chicas que hay”.

En el segundo caso, la angustia aparece cuando justamente toma peso el primer mandato.

Imaginemos la vida de un “Don Juan” que ha cambiado de mujer cada 2 meses. Llega un punto en que la sociedad comienza a “asfixiarlo”, a meterle presión, con tener una mujer estable. No sólo la sociedad presiona. El mercado también. Para vivir solo es mejor dividir los gastos…

 “Ya tenés 30 años, tenés que ir sentando cabeza…”

Además, crean un lugar a ser llenado, un clishé, que generan en el individuo un motor de búsqueda para llenar dicho lugar con quien sea: la imagen de “andar buscando al noviecito” o “andar buscando una mina para pasar la noche” dan prueba de ello. No surgen relaciones genuinas en base a sentimientos propios que se sienten por una persona determinada; sino que primero está la idea, el mandato, y luego busca enchufarse a cualquier persona que ande girando por la vida, para hacerla entrar en esa idea. Así, esas personas que “caen” a modo de objeto en esos lugares, hacen serie (puede ser cualquiera), en vez de marcar un momento de importancia subjetiva para la persona.

Se llegó a dar más importancia al lugar preconcebido que pueda ocupar esa persona, que a los rasgos de carácter reales que pueden llegar a ser interesantes. En definitiva, no se da una relación con otro sujeto; sino con un objeto de ideales a alcanzar.

Entre esos dos mandatos anda rebotando el sujeto actual.

¿La solución?

Obviamente no hay una fórmula, pero un buen comienzo es seguir el deseo subjetivo propio, y hacer a un lado todas las opiniones y mandatos que intentan meternos en la cabeza.

La mayoría de dichos mandatos son fantasías reprimidas proyectadas: el sujeto contemporáneo debe lidiar con antepasados bastante reprimidos en comparación a la contemporaneidad, que buscan un destape actualmente a través de la vida de sus hijos, diciéndole a los mismos lo que tienen que hacer.

Por lo tanto, la próxima vez que alguien te diga “a los 30 años ya tenés que estar casado”, o bien “tenés que cogerte a todas”, podrías responderle “hacelo vos”, o en el mejor de los casos “¡no me rompas las pelotas!”.
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